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miércoles, 17 de diciembre de 2008

Educar cabezas y corazones .... (x Claudia Drago)


“Durante el resto de su vida, se vio condenado a luchar con el gran problema metafísico de nuestra época: cómo reconciliar lo que sabía en su cabeza con lo que sabía en su corazón..”
(M. Berman, El reencantamiento del mundo)

Hace unos días leí esto y me preguntaba si existiría realmente esa dicotomía o división en nuestro interior y dentro de nuestro trabajo como profesores, a lo largo de nuestro trabajo con los alumnos y en la forma en que nos relacionamos con el mundo en general. Quizá la división no existe, pero no hay duda de que si es así, entonces somos nosotros quienes la creamos y más aún, la transmitimos y enseñamos. Quizá no es que aprendemos algunas cosas con la mente y otras con el corazón, sino que no podemos separar simplemente ambos ámbitos a la hora de saber.

Cuantas veces nos hemos encontrado diciendole a otros -y a nosotros mismos- lo que parece una perogrullada: “¡piensa con la cabeza, no con el corazón!”, como queriendo decir “sé racional”, desconfía de todo lo que no sea razón, porque ella es la única que te puede conducir a tomar las mejores decisiones. (ojo que esta crítica no pretende reivindicar lo “irracional” como ideal…después de todo, el fascismo es una forma de irracionalidad racionalizada…)

Pero en fin, no es eso de lo que quiero hablar. Creo que lo esencial es cuando como profesores trabajamos y enseñamos como si el ámbito del conocimiento fuera algo absolutamente separado del ámbito emocional, como si quisieramos y pudieramos dividir tajantemente lo que enseñamos y aprendemos de lo que somos, a manera de complejas máquinas cognitivas capaces de parcelar la existencia cotidiana.

Creemos que nuestro deber es solo trabajar con las cabezas de nuestros estudiantes a partir de nuestras cabezas, y no nos damos cuenta que también estamos trabajando con sus corazones y los nuestros (digo “corazón” a falta de una mejor palabra que exprese la totalidad de lo afectivo, obviamente no me refiero a un meloso concepto romántico). Aún más, en ocasiones no nos damos cuenta que la puerta del conocimiento muchas veces se abre después de abierta la puerta del corazón. ¿Cuántas veces nuestra mente o la de nuestros estudiantes se “cierra” a aprender producto de una mala experiencia afectiva? ¿Quién no ha vido la experiencia de un alumno que un día nos dice que gracias a que se conectó con nosotros empezó a mirar de otra manera nuestra enseñanza y hasta a disfrutar la materia que antes detestaba?

¿Acaso podemos separar absolutamente las experiencias de aprendizaje según se dirijan a lo conceptual o a lo afectivo? ¿Acaso la misión de la escuela es solo formar la “cabeza” de nuestros estudiantes, pretendiendo que no es nuestro problema ayudarlos y acompañarlos en el desarrollo de su integridad como seres humanos, a pesar de lo difícil y riesgoso que ello es? Hace unos años A. Neill -creador de la escuela Summerhill- escribía que debíamos educar más corazón y menos mente. Quizá estoy en gran parte de acuerdo con él, aunque diría mejor: educar corazones y mentes . Porque creo haber aprendido que la pasión sin razón termina en voluntarismo frustrante, y la razón sin pasión en pragmatismo vacío…(un amigo mío diría que aún esta formula está coja, pues debiera ser: corazones, mentes y cuerpos…probablemente tiene razón)

El desafío debiera ser no descuidar ninguno de los ámbitos, ya que la integralidad de las experiencias, herramientas, saberes es lo que nos puede permitir acompañar de mejor manera a nuestros estudiantes y ayudarlos a vivir una vida buena, como sea que cada uno la entienda.

En fin, quizá no es exactamente a esto a lo que se refiere Berman, sino a la característica de nuestra época que pretende sobrevalorar el así llamado conocimiento “científico” por sobre otras formas de saber. Él habla también de otra característica de la modernidad, que es la separación entre hecho y valor, o la clásica visión tecnocrática que solo se cuestiona la eficiencia de los medios, pero deja intactos e incuestionables los fines. Como sea, de una u otra manera leerlo me llevó a pensar en esto y creo que, a pesar de todo, si está muy relacionado.
C.

Referencia:
Berman, M (1987) El reencantamiento del mundo. Ed. Cuatro Vientos, Santiago.

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