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por amor a las matemáticas .....

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jueves, 27 de enero de 2011

La princesa Dido

“La princesa Dido …. solicitó al rey local tierras para fundar una ciudad pero, reacio a la intrusión, solo le concedió el terreno ocupado por una piel de toro. Dido, mujer ingeniosa, cortó la piel en finísimas tiras y así delimitó una gran extensión e hizo construir una fortaleza llamada Birsa, que más tarde se convirtió en la ciudad de Cartago“.
Bonito, ¿verdad?

(tomado de matemáticas interactivas)

jueves, 28 de octubre de 2010

Microcuento: Sueño Matemático ...


hasta las sociedades más primitivas
tácitamente reverencian a los(as) locos(as) .....
(Rumble Fisch , La ley de la Calle)

Entonces trato de abrochar el botón
de la casaca en el ojal de la camisa
y nada resulta.

Luego ensayo contestar el ¿cómo estás?
- Entre la Fenomenología de Freudental
y la axiomática deductiva de Bourbaki.

Y llega mi amiga al bar Geométrico y le digo
- Sueño con poner una mesa con un mantelito
(Como los Tarotistas)
en la esquina del Metro Salvador
y que la gente venga
desde una población cualquiera
(digamos venga una pobladora, ella)
y me diga: "nunca resolví (9/5)x + 6 = 32"
una pausa y luego un:
- eeeeehhhh, ¿puede Ud. ayudarme?
- y me interesa también el algoritmo del cuento de lógica del
¿Cómo cruzar un río un ser humano, un zorro, una gallina y un balde de granos
(de esos gustados por gallina), si en el bote sólo puedo ir -yo remando-
y un único otro elemento o pasajeo?

Mi amiga me mira impávida
mientras le relato estas cosas
y le hablo de una revista de gimnasia matemática
donde los que -equívocamente fueron considerados porros-
resuelven la ecuación anterior y otras mayores,
con un público repleto de padres y madres
con la pobladora - ella- mis hijos y yo
todos
llenos
de
alegrías
y
aplausos .....

lunes, 27 de julio de 2009

Funes el memorioso (J.L. Borges; un cuento muy matemático)

Jorge Luis Borges(1899–1986)
Funes El Memorioso
(Artificios, 1944;Ficciones, 1944)
Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887...
Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo —género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño: Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres; “Un Zarathustra cimarrón y vernáculo”; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.
Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año ochenta y cuatro. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y .vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: ¿Qué horas son, Ireneo? Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: Faltan cuatro mínutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco. La voz era aguda, burlona.
Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.
Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O'Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles.
Los años ochenta y cinco y ochenta y seis veraneamos en la ciudad de Montevideo. El ochenta y siete volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el “cronométrico Funes”. Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en.la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado... Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina.
No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latin. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, “del día siete de febrero del año ochenta y cuatro”, ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, “había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó”, y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario “para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín”. Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, j por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat. y la obra de Plinio: El catorce de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba “nada bien”. Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El “Saturno” zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día.
En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del vigésimocuarto capítulo del libro séptimo de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non usdem verbis redderetur auditum.
Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al más dificil punto de mi relato. Este (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.
Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los 22 idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.
Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo. Y también: Mis sueños son como 1a vigilia de ustedes. Y también, hacia el alba: Mi memoría, señor, es como vacíadero de basuras. Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.
Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos in—mortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo.
La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando.
Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele. Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, gas, 1a caldera, Napoleón, Agustín vedia. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie marca; las últimas muy complicadas... Yo traté explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario sistema numeración. Le dije decir 365 tres centenas, seis decenas, cinco unidades; análisis no existe en los “números” El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme.
Locke, siglo XVII, postuló (y reprobó) idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.
Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucios y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente.
Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.
La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.
Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce, más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.
Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.

domingo, 26 de julio de 2009

Delirios Matemáticos: Cuento I V

Delirios Matemáticos: Cuento I V

Y esta vez
puedo contarles como llegué a ser el "primer guerrillero de las matemáticas"
Y antes que este año me lo haga perder todo
-y ante la cruda situación laburo-
salí a las calles,
esta vez NO para marchar
sino para propagandear mi blog de Mates - de la psu-mates
pintándole por las paredes
le tocó al Metro Macul
y estaba en lo mejor cuando
el guión de al medio: psu-matematicas
se convirtió en punto abajo: psu.matematicas
y luego en la deseperación
pasó a ser un guión bajo: psu_matematicas
y luego un guión al medio
que produjo algo así como un igual: psu=matematicas
(lo que es una ecuación falsa, valga de paso)
a la conchemimura!
terminé enojado y enrabiado el pintarrajeo
y volví a la casa
a cortar un papelito del tamaño
y a buscar neoprene, con las mano todas neuras (negras quiero decir)
y volver
cagado de frío
-cual quijote gordo- a arreglar el entuerto
por lo menos uds.
no se equivoquen:
http://psu-matematicas.blogspot.com/
y nunca podrán decir
...
que
NO
amo
a
los
hijos
....
(cuento IV, publicado en la perra de la calle)

jueves, 23 de julio de 2009

La señorita K - - - - - - - - - - (intento de cuento)


La señorita K es la aprendiz.
No sé si la señorita K tiene 14 o 15 o 16 años, algo así.
Yo soy el profesor Chungungo o señor C.
Soy APRENDIZ de Educador en el área de Matemáticas.
(Soy de los que cree que uno nunca supera el estado de APRENDIZ)
Este cuento se llama:
-
"La señorita K" ó en un remedo burdo de otro título en inglés, también le llamo:
"Teachers who loves to much"
-
No la amo a ella,
por cierto!
Pero amo enseñar, aunque a veces dudo.
La señorita K es hija de la Señorita F.
Yo -y aquí está mi error-
ofrecí por lazos familiares, ayudar cuando fuera necesario a la señorita K con sus guías, pruebas y en general con los entendimientos del grado que cursa, un maestro chasquilla, un soporte en línea, online ...
Siempre como que soy yo el que me ofrezco.
A la menor dificultad,
ya estaba sugiriendo ayudarle a completar la guía, poniendo fecha, reparando mis saberes. Traje andamios, cochallullos y un compaz.
La señorita K dijo: "no creo que esta materia sea tan importante para el exámen"
y puso esta condición, esta fianza, este augurio ....
al final vimos someramente el espíritu de la materia
-nada de esfuerzos- .... luego,
La señorita F me dijo: "vamos a revisar lo de las clases porque en esos días ella llega tarde, cansada".
Y al final me pasó otra vez:
tengo yo más emoción que mis estudiantes !
¿ puede uno enseñar a un(a) otro(a) que no quiere aprender ?
-
En el viejo y popular sector de LH
enseñé en cursos de recuperación del Ciclo Medio.
Yo era el único que llegaba temprano, arreglaba la sala, hacía el aseo, ponías las mesas, limpiaba la pizarra .... todos y todas llegaban tarde, con sus mochilas, tras servir la cena a sus parejas ....
Estaban cansados es cierto!
Pero nunca supe si logré traspasar la imperiosa o amorosa necesidad de una "paideia holística -no clasista como la Paideia Griega-" para el siglo que vivimos ....

por eso digo que soy APENAS:
un
viejo
APRENDIZ
de
educador,
enamorado
precoz (sobretodo precoz)
intenso
que
no
encuentra
alguien (un otro o una otra)
que,
escapando
del
reggeatton y las tarjetas,
se
sitúe
en
la
antípoda
para
amar ... (no se espante!)
...
para
amar
estudiar ....

viernes, 17 de abril de 2009

Cuento .....

Título: No se puede privar a un caracol de la libertad.

Lo dejaron en Melinka, un lugar del que sólo había escuchado hablar en sus básicas clases de geografía escolar. Tras ladrarle su obligación, de no abandonar el lugar y menos poblar su cabeza con intenciones de alborotar políticamente a los lugareños, lo pusieron en manos del cura del pueblo. No tuvo tiempo de saber la suerte de sus amigos y amigas y el paisaje mezclaba belleza austral, nostalgias y miedos.

Aureliano Valiente, titular de la cátedra de matemáticas modernas, fue relegado al sur, por adherir a un listado de profesores que preguntaron por la suerte de un colega detenido, tras manifestarse en contra de la dictadura, abiertamente.

Eran los aciagos días de 1979 en Chile, un país cercado por la brutalidad de un régimen totalitario, que despreciaba brutalmente la democracia y la cultura.

-Me dicen que Ud. se mantendrá relegado en la zona, hasta nuevo aviso , le dice el cura.
-Así es, soy de Santiago, y si bien el centro de mi vida es la investigación, no pude sustraerme de denunciar las violaciones a los derechos humanos, en las personas de mis colegas y estudiantes …. Ese fue mi pecado ….
-No se preocupe, aquí respetamos las opciones de la gente y sobretodo las de aquellos que defienden a sus hermanos, aunque le debo advertir, que es mejor mantener un bajo perfil, para evitar ser delatado …. En nuestra parroquia tendrá alimento y un lugar para dormir y bajo el estilo del trueke (intercambio), le agradecería nos ayudara a mantener el espacio parroquial, sobre todo su jardín que más bien es un bosque.

Aureliano comenzó la tarea de inmediato, producto de lo cual no pudo sino percibir, cómo su investigación matemática le había privado el deleite de tomar contacto directo con la naturaleza.

Diversos detalles de esta le abrían recuerdos de la vorágine recién pasada. Fue así como la imagen de un caracol por él estimulado, le sugería la resiliencia con la que tantos ciudadanos del país se sobreponían a los apremios ilegítimos, en pos de recobrar las libertades usurpadas al pueblo. Aureliano, desde la alteridad de su propio cuerpo –hoy negado por el destierro- comenzaba a entender el sutil vínculo que ligaba todo el quehacer humano con los derechos cívicos ahora conculcados. Así, si alguna vez creyó en una ciencia neutral, hoy se daba cuenta que la ciencia, incluso las matemáticas, no tenían sentido sino provocaban más libertad y dignidad humana. El, ahora quería ser un caracol, recobrar siempre su identidad, para desde ella construir humanidad ….

En estas cavilaciones lo despertó la presencia de un niño y su maestra …. Recorrían el espacio parroquial, con permiso del cura. La maestra auxiliaba al pequeño con su tarea, él trataba de develar la edad de un árbol, contando los anillos de su tronco mayor. Aureliano justo escuchó el diálogo, en el que Juan preguntaba si necesariamente se debía cortar un árbol para poder saber su edad.

- No necesariamente interrumpió Aureliano ….
La profesora y el pequeño miraron con asombro ….
- Soy Aureliano, de Santiago …. Me encuentro en estas bellas tierras, relegado por haberme transformado en opositor al régimen …. Disculpen, no debo importunarles con estos temas.
- No nos atemorizan las verdades y luchamos a nuestro modo por ellas, exclamó la profesora, tras lo cual escuchó más detalles del visitante de la zona.

Lo desafió a visitar la escuela, que coordinaba junto a su esposo, porque Aureliano había sugerido una respuesta a la inquietud de Juan, tras lo cual había expresado ser investigador y docente universitario en la capital. ¿Qué podía decir un científico, un matemático de todo esto?

Aureliano conmovió a su audiencia en un rico diálogo interdisciplinar con los profesores de varias asignaturas, frente a los cuales mostró que la geometría fractal, puede, para el caso de especies muy regulares, ofrecer un método estimativo de la edad de un árbol. En estas especies, el crecimiento refleja iteratividad fractal de la siguiente forma: en primavera de la punta del tallo principal surgen varias ramas a una misma altura y en varias direcciones, que continúan creciendo durante la temporada. Pero invierno este crecimiento se frena, patrón que se repite al llegar nuevamente la primavera: de la punta de cada rama salen a su vez varias ramas en diferentes direcciones. Y así sucesivamente año tras año. De este modo las ramas más bajas son más complejas que las superiores y más ramificadas. Tras contar los nudos de ramificación de las ramas bajas, se puede conocer la edad del árbol.

Pero luego vinieron problemas como el método para calcular estimativamente la población de peces en una granja de cultivo, la presencia de los números de Fibonacci en las camadas de reproducción de ciertas especies animales, la distribución espiral en el micro y el macrocosmos y numerosos otros campos de las matemáticas vinculados, anclados, a temas relevantes para los habitantes de estos parajes.

Parecía que las matemáticas habían cobrado sentido para Aureliano, parecía que la metrópolis había por fin, devuelto lo que merecían zonas libradas a su abandono austral. La comunidad del colegio comenzó a vislumbrar la presencia de las matemáticas en todo el universo, para dar paso a coloquios filosóficos en donde se llegaba a discutir si es verdad que el universo está escrito en lenguaje matemático o este es un antropocentrismo impuesto a fuerza ….

Aureliano comenzó a entender la insularidad de estos parajes, la centralidad con la que se dibujan sus políticas educativas. Cobró sentido el profundo impacto de la investigación en los programas escolares y la necesidad de preñarlos con la imprescindible divulgación científica. De sus valiosas audiencias supo que nunca se debería perder la esperanza de que en cada niño y en cada niña hay potenciales seres humanos para la ciencia.

Aureliano supo del temple sureño, de sus esfuerzos cotidianos lindando con la bravura que se debe levantar frente a la inclemencia del clima hostil, pero más que eso, recibió la solidaridad y el afecto de la gente de la tierra, en medio de los cuales también habita la lucha por la plena vigencia de los derechos humanos.

El día de partir fue un árbol de abrazos, la caricia fractal de una comunidad que más tarde recibiría la donación de una biblioteca científica, que viajó desde el centro de la metrópolis, llena de libros pero sobretodo de esperanzas!

Un caracol enseñó con su paz-ciencia, que la investigación sólo cobra sentido cuando está inspirada en la promoción de los valores humanos. Un caracol dibujó la resiliencia, como la vuelta a la identidad primigenia que mantiene siempre el vínculo entre ciencia y libertad en el universo.
No es posible privar a un caracol de la libertad, sobretodo si es un caracol …. resiliente y
matemático.

martes, 24 de marzo de 2009

un cuento muy loco .... números divertidos y números enojones ....

Había un mundo
el mundo de lo números de contar
así: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, ....
o si quieres: uno, dos, tres, cuatro, ....
los números impares eran divertidos (como mamá)
y los pares, enojones (como papá)
el 2 quería atrapar al 1
entre el 2 y el 4 querían encerrar al 3
el dos y el 4 eran de ceño fruncido
el tres y el 7 eran pura risa.
Saltaban en su mundo
pero cuando un impar caía encina de un par, era atrapado
en tiempos pretéritos, saltaban de a uno y siempre eran pillados
hasta que inventaron la tecnología de saltar de dos en dos
así el tres, tras saltar (tres tras) llegaba al 5 y eran puros abrazos
Esta tierra tiene un superhéroe que es el 5
el 5 les enseñó un truco: usar el teletransportador caja *5
si un número es por ejemplo 9, al usar caja *5, es decir: (9) * 5 llegaba de un gran salto al 45
y así escapaba del 8 y el 10
Pero los pares se organizaron para salvar su economía y prohibir la risa
y persiguieron al que había enseñado la nueva tecnología, que era MUY rápida
y lo buscaron por toda la recta (quiero decir la tierra).
Una vez le llevaban pilladito
super cerca, ya lo apresaban
y de repente, PLAZZZZZ, el 5 desaparece !

¿ Dónde se fué el 5 ?, ¿ Cómo escapó ?

viernes, 20 de marzo de 2009

Un cuento para niños y niñas ..... (Tomado de la Resvita Unión)


La Sociedad Canaria Isaac Newton de Profesores de Matemáticas convoca anualmente el concurso “Cuentamatemáticas con Cuentos”, dirigido a alumnos de Educación Primaria. Este cuento fue galardonado con el Primer Premio en el curso 2006/07, en su categoría de 2º ciclo de Primaria (8 a 10 años):

DON NÚMERO 5 Y LOS DUENDES POLIGONALES

En una casa al lado del mar vivía Don Número 5 con sus amigos los duendes poligonales.Un día el duende Triangulín tenía cara de preocupado y Don Número 5 le preguntó:

¿Qué te pasa?

Tengo un problema, le contestó. Voy a celebrar una fiesta en mi jardín Rectangulín, quiero invitar a 10 amigos y no sé cuántos pasteles cuadraditos tengo que comprar, porque se quieren comer dos cada uno.

¡Tranquilo! Mis amigos y yo te ayudaremos. Don Número 5 llamó a Reina, la multiplicación y a Flor, el número 2, 10 x 2 = 20

Al final entre Reina y Flor resolvieron el problema. Triangulín tenía que comprar 20 pasteles cuadraditos.Comieron, jugaron y se lo pasaron muy bien.

Autora: Erika Hernández Quintero, 3.º de Primaria, Colegio Mª del Carmen Fernández Melián, Tegueste, Tenerife (España). Primer Premio, curso 2006/07

domingo, 8 de marzo de 2009

El cuento más corto del Español .....

El Emigrante es un microcuento del escritor méxicano Luis Felipe Lomelí :

« ¿Olvida usted algo? -¡Ojalá! »

Esta simple frase contituye el más corto relato jamás escritoen lengua española. Antes de su publicación en 2005 el relato más corto de la lengua española había sido El Dinosaurio, del escritor guatemalteco Augusto Monterroso.